Una visita a la fiesta de Candelo en San Carlos

Por: Natanael Disla

Visitar anoche la fiesta de Candelo Cedifé fue una experiencia enriquecedora. Pude apreciar de primera mano el discurrir de la fiesta entre palos, bailes frenéticos, performances, tertulias, rezos, cantos y genuflexiones.

Fotografías de: Rossy Díaz y Natanael Disla

En el Parque San Carlos, donde se celebra la fiesta cada 4 de noviembre, confluyen tres mundos totalmente diferentes entre sí, pero que se complementan en un mismo espacio geográfico: por un lado, las paleras y paleros en la esquina noreste del parque, celebraban la fiesta de Candelo Cedifé, ataviados con camisetas rojas que tenían delante la clásica representación de San Carlos Borromeo administrando el sacramento a un hombre, y delante con un texto que rezaba: «¡Gracias por los favores recibidos!».

La gente se agolpaba junto a los músicos quienes, con güira, tambora y palos, tocaban frenéticamente al ritmo de cantos dirigidos al popular luá. Chicos gays bailaban y pajareaban al ritmo de los palos. La población históricamente marginada, como los gays y la gente obrera, racializada negra, ven en esta expresión cultural una forma de resistencia performativa. Allí son libres, conforman su espacio a su antojo y al mismo tiempo resisten la cultura normativa imperante con sus mismos códigos, sincretizados a su gusto.

Un poco más allá en la esquina noroeste del parque, un grupo de viejos descendientes de inmigrantes canarios departen tranquilamente en su acostumbrada tertulia. Dicen que no toleran los palos ni el ruido. Allí consumen cerveza y conversan de cosas variadas de la vida, mientras suenan los atabales y se escuchan los gritos de la gente. En el otro extremo, al lado sureste del parque, la Parroquia de San Carlos celebra misa. A medida que uno se acercando a la parroquia, se experimenta un halo de genuflexión y meditación.

La gente que rodea el entorno de la iglesia está sentada alrededor con una actitud meditativa y orante, y portando velas. Cuando se entra a la parroquia el ambiente es de recogimiento, donde se venera a San Carlos Borromeo, cuya fiesta se conmemora el 4 de noviembre. La gente entra y sale. Una señora dice que pudo entrar tomando su jugo rojo, en alusión a Papá Candelo Cedifé, luá del vudú dominicano y haitiano, que sincretiza con San Carlos Borromeo. Un rato después, una señora mayor, Católica Romana ella, saluda muy amablemente y a la vez imparte la bendición de Papá Candelo. Hibridaciones que tienen lugar en los más recónditos lugares de la gente, y que salen a flote cuando hay fiesta y celebración.

Como colofón de esta fiesta lúdica al luá del fuego, un hombre repartió dulces y maní ofrecidos a Papá Candelo entre la multitud. Ofrecimiento que es dado no importando si se es descendiente de canarios, Católico Romano, evangélico, palero o afrodescendiente. La marginalidad encuentra su donación en compartir la comida. En la cultura afro la comida es el culmen de todo convite, pues los alimentos cobran vida después de bendecidos y brindan salud a quienes los ingieren, porque ellos albergan la solidaridad en medio de la resistencia.

La fiesta de Papá Candelo es una muestra de resistencia de una cultura afro que se niega a desaparecer, a pesar de lo que digan las jerarquías Católica Romana y evangélica. Memoria histórica de nuestro pueblo, que da significado de existencia a la gente que sigue sufriendo hoy en día los embates de una cultura hegemónica que se quiere imponer sobre las demás.

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